La verticalidad me pareció fabulosa y me la traje. Una simple piedra gris, sin color, sobre una arena húmeda me produjo un ligero placer.
Unida esa mirada al contraste insaturado de la piedra, pensé que la inerte no tenía sentido allí, tan cerca del mar.
Era el Cantábrico, era a media mañana antes de la primavera, una playa larga que aquella mañana estaba llena de perros simpáticos que entraban y salían del agua.
Y la piedra ajena a todo.
Nosotros no, pues era hermoso ver a los canes y a sus dueños, jugar con lo natural.
En muy pocos meses aquello sería completamente diferente, eso lo sabemos bien los que hemos vivido junto a la playa.
Yo prefería siempre el invierno, de hecho en agosto huía y dejaba sitio, con mi vivienda vacía, excepto si subían (o bajaban) algunos amigos.
Lo hermoso de una playa y del mar se da en invierno. Cuando nadie se da cuenta de la belleza natural y tranquila.

