Los bosques deben mirarse desde dentro. No sirve de nada verlos reflejados en papel o lienzo, pues los bosques deben olerse, hay que tocarlos, debemos dejarnos sentir muy pequeños cobijados en su interior.
No es posible imaginarse un bosque sin haberlo vivido. Podrá ser hermoso, pero será otra cosa.
El recuerdo de un bosque necesita el acompañante de haberlo pisado, de haber escuchado su silencio, de sentir su sol filtrado o sus sombras espesas.
Pero es verdad, que a falta de pan, buenas son las tortas o las galletas.

